Ella caminaba apurada, como si alguien la siguiera. No es extraño, aquí todos caminan así; debe ser el miedo. Iba hacia su casa, como cada noche, pensando en la historia del libro que leía por esos dias. - Era una historia de amor. Casi nunca leía esas cosas, pero en secreto le gustaban -.

La calle estaba a media luz, mas bien solitaria, uno o dos gatitos hurgando la basura hacían la excepción. Ella comenzó a caminar más lento, a disfrutar de la brisa nocturna, de las luces de la calle, de las estrellas.

Un hombre se cruzó en su camino, ella lo vió venir desde lejos. Como era apuesto, se peinó un poco y se organizó la blusa - no sé por qué las mujeres hacen eso - . Mientras aquel hombre se acercaba, el nerviosismo de ella iba aumentando. Imaginaba el encuentro, las palabras que se dirían, mil situaciones posibles al encontrar frente a frente un total desconocido. Al fin llegó el momento crucial: El encuentro de los caminos. Y sucedió lo que tenía que suceder. Nada.

Normalmente no sucede nada, los desconocidos se apartan y cada uno sigue su camino. Eso no impide que la imaginación de ambos vuele...

Ella sintió una calidez familiar, llegó a sus oidos una dulce melodía, como esas de navidad. Ella la conocía, la tarareó un rato. De repente, frenó su caminata, al percatarse del suceso. Abrió sus ojos tanto como pudo, y dió la vuelta buscando al desonocido con quien se había topado. Recordó las noticias. Le llamaban El Explosivo, un asesino en serie de mujeres. Él ponía cajas de música repletas de dinamita en los bolsos de sus víctimas. Lo último que se escuchaba antes de morir era la hermosa melodía, y cuando esta se acababa... Bang.