Érase una vez una mujer increíblemente hermosa. Tan perfecta era su belleza que todos los que la conocían la envidiaban y la admiraban al mismo tiempo. Cuando salía de su casa, la gente salía a los balcones a observarla extasiados, y parece que hasta la naturaleza misma hiciera melodías a su increíble perfección.

Todos quienes la conocieron, aunque hubiese sido solo una vez, quedaban prendados de ella, y la amaban y atesoraban esos recuerdos en su corazón a través de los años.

Pero ella solo amaba a uno.

Su amado era, infortunadamente, el hombre menos agraciado de todos, y tal como la amaban a ella, se burlaban de él y su fealdad, y envidiaban su suerte al haber enamorado a la mujer más hermosa, delicada y dulce de todas. La gente no entendía cómo tal cosa podía suceder. Pero ellos se amaban, con calor e intensidad.

Mas él no era del todo feliz. Se sentía muy afortunado al tener el amor de esa bella mujer, pero a la vez se sentía mal por no ser digno de su hermosura. En el fondo hasta la envidiaba un poco, por ser admirada y exaltada por todos. Todos la envidiaban un poco, sin duda.

Ella lo sabía.

La gente siempre andaba comparándolos y criticando su relación, y aunque él no dijera nada y siempre pareciera estar feliz, ella podía notar un dejo de tristeza en su mirada. Así que decidió hacer algo. Si el problema era que fuesen tan diferentes, y él no podía ser tan agraciado como ella, pues entonces ella optó por parecerse más a él.

Tomó un cuchillo y lo afiló a la perfección. Se puso frente al espejo y comenzó a cortarse el rostro. Veía cómo caían los trozos de piel. Y sonreía. Porque sabía que esta era la oportunidad de que ambos fueran felices para siempre. Pasó toda la noche en su solemne ceremonia, y al amanecer vio que estaba lista para buscar a su amado y que viera por sí mismo que el sacrificio de ella haría que pudieran estar juntos sin que los demás opinaran.

Y sucedió lo que tenía que suceder.

Todos los que la vieron en el camino se horrorizaron y entristecieron, pues nunca más volverían a ver su inmaculado rostro. Nadie le preguntó siquiera la razón de su decisión, todos entendieron de inmediato, y se sintieron un poco arrepentidos por haber criticado tanto a la pareja. Comprendieron que tal vez esa era la única manera.

Al fin, llegó donde su amado, que la esperaba. Se acercó sonriente, y le enseñó lo que había hecho. Él no la reconoció. Ella le explicó todo, y le hizo ver que por fin iban a ser felices sin importar lo que los otros opinaran...

Hubo un silencio. Él la miraba.

-Ya no eres la misma.- Le dijo. -Yo te amaba como eras, y me has privado de tu hermoso rostro. ¿Cómo pudiste hacerme esto? -. Con una inmensa desilusión y lágrimas de profundo dolor en sus ojos, se despidió de ella para siempre.